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Un  S.O.S.  adolescente

Un  S.O.S.  adolescente

Hace pocos días, una madre llamaba a una emisora de radio para comentar con evidente  preocupación, lo que había detectado hurgando en el móvil de su hija adolescente. Ella y sus amigos planificaban desapariciones voluntarias que harían de forma rotativa, es decir, que por un lapso de dos días, los distintos integrantes del grupo desaparecerían súbitamente de sus formas habituales de vida: familias, institutos, clubes o gimnasios si los hubiera, etc; sin que estas ausencias se solaparan entre sí.

Esta madre comentaba que el grupo estaba advertido de la movilización de los dispositivos policiales y de búsqueda que se activarían en casos de desaparición, pero según los planes eso no sería obstáculo para mantenerse ausentes 48 hs. Pasado ese tiempo, volverían ilesos y voluntariamente.

Lo primero que llama la atención es que para algunos adolescentes de hoy, ya no se trata de organizar desapariciones conjuntas con las amistades frecuentes, como era habitual en la España de hace unas décadas atrás. En esos casos el objetivo estaba bien delimitado: ausentarse los fines de semana para emborracharse o consumir alguna sustancia, sin el obstáculo que la ley familiar o social impondría a esos excesos. Aquí no se hace para acceder a un consumo descontrolado y abrupto que interrumpa la rutina o abulia adolescente; ni siquiera se desaparece para estar con los colegas.

La finalidad de estas desapariciones voluntarias trae una vertiente nueva que debemos valorar: los adolescentes desde su escondite, verifican en las redes sociales el efecto que su ausencia provoca en su entorno más inmediato. Según contaba esa madre, bajo la unidad de medida de la cantidad de los Likes y Retweets que la desaparición consiguiera, se interpreta: a mayor número, mayor impacto entre los allegados.  Las redes sociales se convierten así en una hoja de cálculo infalible para cuantificar y de allí deducir, que lugar se ocupa en los demás; en comparación por otra parte, con las cifras que obtendrían las desapariciones del resto de amigos.

Fue Jacques Lacan, un psicoanalista francés, quien en 1957 esclareció uno de los fundamentos para comprender la subjetividad humana, explicando como las personas organizan inconscientemente su vida en torno a una pregunta fundamental ¿Qué soy para el otro? O dicho de otro modo, ¿Qué quiere el otro de mí? Esto supone que como un hilo conductor silencioso a lo largo de la vida, cada persona ensaya y construye distintas respuestas, distintas modalidades de relaciones sociales donde esa incertidumbre intenta despejarse. Incluso, de manera velada, esas preguntas están implícitas en el ámbito de la fantasía cada vez que uno se imagina lo que la propia muerte podría causar en el entorno inmediato.

La novedad que introduce el episodio que comentamos, es que pareciera que para algunos adolescentes ya no basta con imaginarlo, sino que ahora se ven llevados a dar un paso más para verificar la consideración o no que se les destina; para asegurarse de lo que provocan en sus figuras de referencia: ¿Se angustian o desesperan por él? ¿Movilizan ingentes recursos? ¿O quedan a la espera, debido a lo que suponen del adolescente fugado? ¿Cómo se habla de él en las redes, en su ausencia? Probablemente, las respuestas en algunos casos aporten un plus de consistencia a la compleja imagen de sí mismo que todo adolescente atraviesa. Probablemente también, se obtenga allí una inmediata revalorización, más o menos oportuna, según el caso.  Pero la función de gratificación inmediata de la propia imagen ya es desde hace tiempo sobradamente conocida y explotada por las múltiples aplicaciones que los adolescentes utilizan. La variedad de perfiles sirve sin duda de reaseguro al narcisismo, en un momento vital donde todo joven se pone a prueba de manera radical.

No es por la vía de la presencia del adolescente donde encontramos lo novedoso: si internet puede usarse para constatar los efectos que la propia ausencia provoca en otros, es porque además le permite constatar si hay alguien o no, a quien ese adolescente podría faltarle. Como si comenzara a ser necesario comprobar que esas personas que pudieran echarlo en falta, existen.  El péndulo se ha movido: no es solo por lo que puedan decir del sujeto, sino para verificar quienes pueden hacerlo. Ya no se trata de la presencia del adolescente en las redes, sino de constatar la presencia de los que a él le importan.

Nos topamos así con un llamado desesperado de estos adolescentes a esas personas fundamentales de las que depende: a que verifiquen su existencia, a que den pruebas de ello. 

A priori parece paradójico. Continuamente los adolescentes, en lo cotidiano nos hacen saber una y otra vez cuánto desean prescindir de los adultos y de cualquier profesional que se interese por ellos, sean médicos, profesores, psicólogos, etc. Y al amparo de la eficacia tecnológica, neutralizan cualquier relación donde la palabra se ponga en juego de manera directa.

Sin embargo, lo que la tecnología no podrá evitar jamás es que cada adolescente deba construir sus propias razones -las propias, no la de los colegas- para habitar el mundo, a partir de esos estos planteamientos vitales que comentábamos. Pero esas razones y respuestas son siempre aproximadas, y en esencia dependen de la interpretación de quien las formula, incluso aún más que de las respuestas concretas, acertadas o no, que se obtienen del mundo real o virtual.

Lo verdaderamente imperioso es que para poder responderse, tal como lo enseñan estas desapariciones planificadas, es que todo adolescente necesita a esas personas significativas “ocupando su puesto”, manteniendo la alteridad, las diferencias que los adultos como tales representan, para que desde allí puedan rechazar o tolerar lo que de su entorno, ha sido determinante.

Y esto ocurre en épocas donde las distintas figuras de autoridad, son más que nunca cuestionadas y van desfalleciendo en su potencia y credibilidad.  ¿Si los padres llegan a las manos a las puertas del Instituto con un profesor o se ofrecen como colegas cómplices de sus hijos en sus andanzas, en quien confiar? ¡Difícil para un adolescente no poder situar siquiera un referente al que oponerse!

Es esa falta de referentes claros lo que algunos adolescentes denuncian hoy, en lo extraño de estas actuaciones. Ese llamado viral, condensado en un “¿estáis ahí?” convoca a los adultos a no dimitir de su función reguladora.

Lorena Oberlin Rippstein.

Diario Información de Alicante – 26/05/2018

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