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La nueva normalidad: la paradoja de un tiempo detenido

La nueva normalidad: la paradoja de un tiempo detenido

Recordemos la vida antes del coronavirus.

Antes de la brutal detención que nos impuso, solíamos funcionar con ciertos acotamientos. Quién mas, quién menos, interrumpía el devenir de sus días con compromisos creados, impuestos, o en el mejor de los casos, elegidos, pero el tiempo comandaba bajo la idea de finitud, de actividades con principio y fin. Ese tiempo de pronto, y sin anticipación, dejó de ser el que conocíamos para tornarse continuo.

Solo los sujetos con profundas alteraciones psíquicas viven ajenas a la dimensión del tiempo. Para los demás, la relación al tiempo es absolutamente subjetiva, es una construcción que se inicia en los primeros años de vida, tras un ensayo insistente de frustraciones y satisfacciones, donde la demora y la ausencia se ponen en juego. Con el saldo de esas pérdidas cada sujeto teje sus prioridades. Aunque el reloj determine veinticuatro horas diarias y el año contenga trescientos sesenta y cinco días, la vivencia del tiempo se nos impone en cuanto comenzamos a  hablar, y cada persona hace de esa imposición, un uso particular que va modulando con el paso de los años.

Quizás el ejemplo más claro puede verse estos días en aquellas personas que vivían sumamente estresados antes de confinamiento y no se han podido tranquilizar, ni siquiera inicialmente, cuando el forzoso encierro los detuvo. Podríamos suponer que para ellos sería liberador poner fin a la tiranía cotidiana de los imperativos, pero en la mayoría de los casos no ocurre así. Vemos más bien que si no es posible esclavizarse a tiempos ceñidos, la angustia toma el relevo.

Quienes en cambio, antes del confinamiento se sostenían en una relación al tiempo más o menos soportable, que sorteaban la imposición del tiempo con las tretas de las tardanzas o de las puntualidades extremas- lo que los convertía en impuntuales por anticipación-; pero que al fin y al cabo acataban la discontinuidad temporal, esta dimensión del tiempo indeterminada de hoy, a la que no pueden oponer una mínima parcela de rebeldía, los acerca a una mortificación del deseo.

Es decir, que cada sujeto vive peleándose con el tiempo que se le impone, sea o no consciente de ello y por lo general preferimos no saber mucho de esto, no vaya a ser que por mirar demasiado nos encontremos con el tiempo de vida que nos queda por recorrer, con lo que nos falta por hacer, o incluso, con la constatación de que aún sin poder hacer, el tiempo también se gasta.

Por eso es tan horroroso el tiempo actual, porque combina dos dimensiones de lo insoportable: lo siniestro del coronavirus y un tiempo impuesto en presente continuo, frente al que no tenemos posibilidad de respuesta.

Es  la irrupción de un “de pronto”, que se tornó “constante”. En la vida anterior al estado de alarma, si algo de pronto acontecía, podía llegar a conmovernos por inesperado o por disruptivo, pero en cualquier caso señalaba algo que nos tomaba por sorpresa. La novedad de este ‘de pronto’ en el que estamos instalados desde mediados de Marzo, es que a fuerza de hablar, nombrar y cuantificar, el COVID 19 ya no nos sorprende y sin embargo, tampoco logramos salir de la perplejidad.

En la vida anterior al estado de alarma si algo irrumpía ‘de pronto’ con valor negativo, por fuerza tenía una dimensión traumática. Un trauma es un golpe en la trama de lo que el sujeto conocía hasta ese momento; un golpe que una vez ocurrido, desgarra y finaliza. Sin embargo ahora asistimos a que lo traumático, lo que irrumpió bajo la forma del virus, no termina. Es, por decirlo así, un traumatismo constante que no logramos interrumpir, constante al menos hasta la aparición de la vacuna. Y sin poder introducir una distancia temporal con la pandemia, se posterga también la posibilidad de elaboración.

Sin poder planificar un futuro a corto plazo, sin la posibilidad de precipitarnos o de postergar, sin las ficciones que nos inventábamos para creernos dueños de nuestra vida; ahora el tiempo descubre el poder feroz e indisimulado con el que nos gobierna y más que nunca nos peleamos con él, pero ahora para volver a tiempos regulados socialmente, a tiempos conocidos. ¿No es curioso que ocurra justo cuando sucede lo que tanto ansiábamos, que el tiempo por fin se detuviera?

 

Lorena Oberlin Risptein (oberlinlorena@gmail.com)

 

Artículo publicado en el Diario Información sábado 16 de mayo de 2020.

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