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El niño generalizado: Padres de hoy

El niño generalizado: Padres de hoy

Un Psicoanalista y también eminente psiquiatra francés llamado Jacques Lacan, ya en el año 1967, nos decía que cada vez más, los adultos iban pareciendo “niños generalizados”.

Pasaron muchos años y sin embargo su vigencia parece cristalizarse aún con mayor potencia, en nuestra época actual. 

J. Lacan, lo mencionaba en el sentido en que cada vez más los adultos rechazaban la responsabilidad que otorga el mundo adulto; y que ese rechazo,  tenía su origen en lo insoportable que suponía para cada uno; hombre y mujer, sostener un deseo, diríamos “decidido” frente al momento  que les tocara vivir.

Nuestro deseo en tanto seres hablantes, nuestro deseo en tanto que toca lo más intimo de cada uno, en tanto que abre una brecha respecto a quienes somos; es decir, lo que imprime, una verdadera pregunta respecto a nosotros mismos; cuestión que es muy difícil de responder pero que si le damos lugar, nos abre el interrogante motor de una dirección, una orientación en nuestro funcionamiento como seres adultos; motor que garantiza que no demos  “palos de ciegos”, cada vez por ejemplo, que nos confrontamos con una dificultad.

Cada vez mas la tendencia actual es justamente rechazar esto; cada vez más la solución rápida, el remedio a la carta,  producto de la locura de estar subido al tren de los caprichos de un mundo atravesado por el mercado; nos deja debilitados respecto a lo que sentimos como sujetos, cada uno con sus diferencias.

Esto se ve claro en la relación con los hijos; y no tanto, en la insuficiente capacidad por no poder responder a sus demandas; ya que por el contrario, diría que hay en muchos casos, un exceso de respuestas, una necesidad imperiosa de tapar agujeros; sino que el problema reside fundamentalmente, en la gran dificultad por dar y trasmitir lo que denominamos “herencia simbólica” en el sentido de darle a ese niño, un verdadero lugar, más allá de nuestras propias expectativas como padres; que por otra parte responden muchas veces, a nuestro propio narcisismo.

Se trata entonces, de poder dar un valor a que emerja la propia subjetividad del niño; y que su deseo entonces sea escuchado y bien orientado, en la medida de favorecer ese espacio sin renunciar a nuestra posición y lugar como adultos responsables.

Otro psicoanalista, E. Laurent decía, que en la época del cenit del consumo en la que vivimos; muchas veces un niño es tomado como un objeto de consumo más: es decir, bajo el imperativo de que hay que tener hijos; no es entonces el deseo lo que lo promueve, lo que se pone en juego; es más bien la necesidad casi obligada de cumplimiento de ese imperativo, bajo la idea de una garantía de satisfacción, a veces inclusive de cierta idea de salvación de la pareja.

Sabemos que la idea de felicidad, es uno de los slogan de preferencia de la publicidad de nuestra época; “sea feliz con este coche, electrodoméstico, etc, con este objeto X, que por otra parte, una vez adquirido hace diluirse toda ilusión de posibilidad.

Sabemos también que un hijo en ese lugar de objeto, no tiene mucho margen de maniobra, difícil exigirle un lugar de responsabilidad; porque si está ubicado en esas coordenadas, no habrá la capacidad de decidir por si mismo, no habrá la posibilidad de disfrutar de las cosas con su debido recorte y con sus tiempos.

Por ello vale la pena detenernos un poco en esta vorágine de consumo, de que nada suponga problema, de que todo sea homologable hasta anular las diferencias, de que todo deba encajar perfectamente, y sobre todo no exijamos al niño o al adolescente que responda allí donde nosotros mismos como adultos no los supimos interrogar.

¿Que verdaderamente deseamos?. Una buena pregunta que exige un tiempo de reflexión, un tiempo de comprender; no nos precipitemos a responder.

Solo este ejercicio ya es un filtro a la locura imparable en la que nos vemos convocados y confrontados en nuestros días.

Ruth Pinkasz.

Publicado en Diario Información 02/06/2018

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