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El niño tirano

El niño tirano

Hace una semana aproximadamente, salió en un semanario un artículo sobre “ el síndrome del emperador”; haciendo referencia a los niños que se comportan como tiranos ante sus progenitores.

Así se convierten en niños insoportables, que se erigen en el lugar de la ley, siendo la ley del niño la imperante. Cuando los padres se dan cuenta de tal situación, resulta bastante difícil aunque no imposible, revertir este proceso.

En dicho artículo, remitían la problemática  a una cuestión puramente educativa y nombraban como posibles causas de este “síndrome” la poca dedicación de los padres, la falta de límites, ser hijo único, etc

Sin negar la importancia de que los padres constituyen un lugar primordial en la labor educativa respecto a sus hijos; me parece  fundamental hacer hincapié en otros aspectos que encuentro fundamentales para entender esta problemática.

La relación del hijo con sus padres no es una relación idílica, y sabemos que no hay la medida justa de como ser padres; ningún manual es capaz de cernir con verdadera exactitud, como tratar a los hijos,  de como responder o no responder a la demanda de ellos, si es suficiente o insuficiente lo que damos, etc. Las pautas educativas si bien pueden ser una orientación, no alcanzan a nombrar la complejidad afectiva que se ciñe en dicha relación.

Sin embargo, tanto el rechazo absoluto a un hijo; la incapacidad para acogerlo; o por el contrario, el pegoteo extremo y la dificultad de separación con el niño, son fuentes de una problemática que con sus diferentes matices se verá reflejado en la subjetividad  y personalidad de éste.

Las profesoras de escuelas infantiles me comentan muchas veces esta cuestión; del inconveniente que encuentran para que los padres entiendan de la necesariedad de dejar a sus hijos, sin prolongar demasiado, por ejemplo las despedidas, de la resistencia que hallan a la hora de propiciar la autonomía para comer, dormir o vestirse; es decir de la dificultad de despegarse de la idea de que ya ese niño, no es un bebe y que por tanto necesita de otros afectos, de otros estímulos y otros lazos, para constituirse como sujeto autónomo, y para disfrutar del entorno que comienza a conocer.

Hoy en día existen varias tendencias  a mantener al niño demasiado pegado a los padres, y en especial a la madre. Lo vemos a veces en un colecho bastante extendido en el tiempo, o  en la tendencia a sobrellevar la lactancia hasta edades avanzadas, y donde posiblemente la dificultad de separación se impone, siendo finalmente  un obstáculo comprender que el niño necesita soltarse, despegarse, para poder crecer.

Seré contundente en ello; en la mayoría de los casos, cuando esta separación necesaria, resulta un problema para el niño,  la verdadera dificultad se inicia en los padres, que sienten de manera inconsciente que esta separación equivale a un abandono, o de manera paradójica creen que pueden perder el amor del niño, o que sin su cuidado puede ocurrirle algo grave, o es simplemente la satisfacción de tenerlo cerca como un ser en propiedad, lo que complica el proceso.

Sabemos que estos aspectos son difíciles de reconocer  y de aislar, sencillamente porque muchas veces no se tiene conciencia de ello y en ocasiones, un miedo profundo impide pensarlos. No se trata de culpabilizar sino de la posibilidad de reflexionar que a veces, nosotros mismos como padres sin quererlo ni desearlo, obstaculizamos el proceso de desarrollo de nuestro hijo.

La sobreprotección conlleva la inseguridad, porque el niño sin el constante  apoyo casi sin límites por ejemplo materno, se siente incapaz de lidiar con el mundo que comienza a conocer.

Pero por otro lado, en muchos casos, se añade  un problema mayor; la exigencia del niño, casi tiránica de que el adulto debe responder a su caprichosa demanda; no tanto porque le interese salirse con la suya (es lo que normalmente se piensa) sino por el hecho de que el niño experimenta  que  el otro es un apéndice de él, o que el mismo niño constituye un apéndice por ejemplo de la madre, lo que indica en lineas generales que no ha obrado la separación necesaria capaz de permitir construir la idea de que la madre y el niño, son seres independientes con sus propios deseos y necesidades. No se experimenta entonces la idea de límite, todo es posible y la mínima diferencia se torna una amenaza para él.

El principio de la tolerancia y de aceptación entre los seres humanos es admitir las diferencias, y para ello este camino implica un largo recorrido que se inicia ante todo en la infancia.

Ruth Pinkasz

Artículo publicado en El Diario Información 19/01/2019

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