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El deseo de saber se puede construir.

El deseo de saber se puede construir.

No está claro que las personas quieran saber. ¿Es que acaso no hay un deseo de saber, dado de antemano, dependiente de las capacidades cognitivas?  No, ni siquiera depende de que el niño crezca en un medio cultural favorecido. Aun siendo deseable que el entorno contribuya, no es suficiente para que una persona desee aprender. Tampoco la educación tiene al respecto todo el poder que se le adjudica.

De ello saben bien los profesores de adolescentes, o de esos adolescentes tardíos que encontramos en las universidades estudiando aquello que supuestamente les interesa y sin embargo, siguen cronificados en las aulas. La impotencia que se escucha en los profesores refleja muy bien cuanto les cuesta interesar a sus alumnos, cuánto les cuesta vivificar en ellos un punto de curiosidad que los saque de sí mismos, habitados como están por una especie de desidia generalizada que suele pertrecharlos en el aislamiento.

Por otra parte, la experiencia clínica muestra que lo relevante, al menos en el comienzo de la vida, es la íntima relación con las personas fundamentales que crían al niño. Es decir, aquellos a los que él se dirige para comprender el mundo. Cuenta la anécdota, que la primera palabra que dijo Picasso fue “piz”. Pues hubo unos padres allí que interpretaron que se trataba de la abreviatura de la palabra lápiz y no de la necesidad fisiológica.

Con algún riesgo de intrusismo tecnológico, todavía nuestra sociedad mantiene a salvo la relación al saber que tienen los niños pequeños: a los tres, cuatro, cinco años de vida. Especialmente antes de la escolarización básica, dónde la curiosidad los apasiona, atiborrados como están por el lenguaje nuevo que los habita. Comienzan a querer nombrar el mundo al que despiertan, inventando palabras o teorizando sobre aquello que aún no comprenden. Es gracioso verlos enfadarse cuando no disponen todavía de los insultos convenidos socialmente, y contraatacan al adversario con el nombre de los objetos que conocen “Eh, tu, lámpara, plátano, toalla!” Es decir, crean allí donde las palabras faltan.

Esas edades tempranas, tan sujetas a la paciencia de los adultos cercanos, en las que insisten sobre el por qué y para que de las cosas, en realidad muestran que para ellos no importa el  acierto ni de la erudición de la respuesta, sino verificar cada vez, como sus padres se las arreglan con lo que no saben: como soportan sus adultos de referencia, sus propios desconocimientos, sus propias faltas. Prueba de ello es que rápidamente dejan de escuchar las respuestas que consiguen, en cuanto la explicación comienza. ¡Sabia intuición infantil la de captar que en lo que decimos, siempre hay un más allá de lo dicho!  Pero en todo caso mejor no toparse con padres “sabelotodo”,  por el riesgo de obturar con sus saberes completos los destellos de curiosidad que aparecen en sus hijos.

Por eso es muy interesante observar los efectos que en un mismo alumno causan los distintos profesores con los que se encuentra, porque es en relación a quien enseña, que puede abrirse o no, alguna parcela de interés.

¿No es acaso el saber totalizante lo que hace obstáculo muchas veces en la enseñanza académica? Si el profesor sabe todo o promueve un saber idealizado al alumno no le queda más que repetir lo que se le indica, un saber que no puede elaborar y mucho menos poner en relación con sus propias vivencias. Por si fuera poco, en cuanto se impregne de ese saber ajeno, verificará que solo podrá usarlo en el futuro, eso sí, si la sociedad lo demanda! Y si se les pide a los alumnos que investiguen, que hagan sus propios recorridos, el punto de llegada debe coincidir con la posición ideológica de la cátedra.

No sólo es el saber teórico el que desmotiva a los estudiantes. También lo es el exceso de burocratización que no cesa de exigir en el alumno universitario por ejemplo, acopio de búsquedas bibliográficas, de confecciones de Power Point, de escrituras de textos estandarizados que deben seguir parámetros de aquí y de allá.  Es gracioso: criterios para que el día de mañana sepan dirigirse cuando corresponda..a quien “verdaderamente sepa”! Es la paradoja la del discurso universitario, que forma a estudiantes a condición de que accedan a un saber del que no pueden apropiarse. La paradoja es que el saber nunca está del lado del alumno y mucho menos cuando egresan.

Afortunadamente, no todos los profesores se dejan fagocitar por esa lógica. El profesor o maestra que dejó un recuerdo inolvidable, fue el que supo reconocer y aceptar el rasgo que hacía único a ese alumno en particular, confiriéndole valor a ese rasgo, al punto de integrarlo al trabajo de la clase. Es decir, el reconocimiento por sí mismo no basta, porque sus efectos se diluyen. Es necesario comprometer el cuerpo del alumno en lo producido, para que su particularidad, la que sea: cantar, dibujar, redactar, etc., se fije en la subjetividad del alumno.

Si no todas las personas se dejan enseñar de la misma manera, es porque en definitiva, el deseo de saber está en íntima relación al no saber. A la tolerancia o no que tenga cada sujeto de aproximarse a aquello que lo contraría, que lo cuestiona, y no entiende o rechaza de si mismo.  Aproximarse a esa zona, es cierto, puede resultar incómodo y generalmente, ni profesores ni alumnos quieren acercarse allí.

Pero no es cierto que la relación al saber sea estática, por eso es conveniente no apresurarse a diagnosticar. Un mismo estudiante puede bascular en épocas en las que no puede aprender por estar atrapado en sus vivencias personales, con otras, donde acepta dejarse atravesar por lo que ignora o dónde hay que ayudarlo a construir justamente las condiciones para que soporte, la insatisfacción de no saber.

Se insiste con frecuencia en que la dificultad del sistema educativo es no favorecer el acceso a los aspectos prácticos de los contenidos, pero quizás hay un obstáculo mayor. Es que solo tiene valor “el saber ajeno que deben saber”, pero además éste debe ser sin fisuras, sin contradicciones, lo que lo vuelve tirano e imposible.

En definitiva, el deseo de saber se puede construir. Si se tolera e interroga el no saber que los alumnos traen porque aunque no digan lo esperado, en ese no saber habla lo que de verdad le importa al sujeto que está detrás. Salvando las distancias, no iban mal encaminados los padres de Picasso.

 

Lorena Oberlin

Artículo publicado en el Diario Información el 30/03/2018

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